Clamor de la sangre derramada

Nicaragua

En estos últimos días algunos periodistas se me han acercado queriendo conocer el impacto que a la fecha ha tenido en la industria turística nacional la crisis que vivimos. Si bien es cierto reconozco la importancia de la pregunta por cuanto el turismo se había convertido en los últimos años en la principal fuente generadora de divisas para el país, hoy por hoy el impacto más desgarrador para todos lo constituye las más de setenta vidas de nicaragüenses entregadas para que nosotros podamos, algún día finalmente, respirar democracia.

Efectivamente el turismo ha sido y sigue siendo la industria más golpeada con el conflicto nacional, depende fundamentalmente de la paz social, la estabilidad y la seguridad, tres factores claves que se hicieron añicos al reprimir la policía y las fuerzas de choque de la Juventud Sandinista, a los estudiantes universitarios que protestaban pacíficamente por sus derechos y los de la población. Si bien el impacto económico en el turismo y en todos los otros sectores económicos es inmenso, este no se compara para nada con la sangre que se ha derramado y por la cual el pueblo entero exige justicia.

El anhelo de democracia ha sido uno que el pueblo nicaragüense ha pagado con demasiada sangre a lo largo de nuestra historia. La historia moderna de nuestro país, asentada en la figura de los caudillos, ha estado plagada de gobiernos autoritarios y dictatoriales que han cercenado por décadas los derechos fundamentales de los ciudadanos dejando muerte, dolor y destrucción a su paso. Esta generación de nicaragüenses que vivimos los horrores del somocismo y los años cruentos de una guerra civil entre hermanos hemos llegado al hastío con los caudillos. La sed por una verdadera democracia es hoy insaciable.

La generación de jóvenes que despertó las conciencias de todo el pueblo tampoco acepta más que se le subyugue y pisoteen sus derechos en nombre de un gobierno que se dice “cristiano, socialista y solidario” y que no dudó un minuto en masacrar sin clemencia alguna al tesoro más preciado de nuestro país: nuestra juventud.

Una nueva conciencia impera hoy en Nicaragua, una conciencia en la que coincidimos la inmensa mayoría de los nicaragüenses: estudiantes, sociedad civil, empresarios y población en general. Una conciencia en la que no hay más lugar para el miedo, la vacilación o los intereses egoístas, en la que impera las ansias por vivir finalmente en un país que se respete a sí mismo.

Son miles de pequeños empresarios turísticos los que con gran esfuerzo han sacado adelante la industria turística nacional y que nunca imaginaron la posibilidad de que se impusiera la represión sobre los jóvenes.

Afectados profundamente en sus negocios, la inmensa mayoría de estos pequeños empresarios, hoy apuestan por el cambio de gobierno, para que la democratización del país, permita otra vez iniciar la tarea de promover el turismo en Nicaragua.

Una Nicaragua que le grita al presidente Ortega que por la sangre de más de setenta nicaragüenses debe irse y entender que su tiempo ya terminó. Será tarea de otros nicaragüenses reconstruir de las cenizas en que dejó nuestra democracia, un nuevo gobierno que emerja con valores y principios democráticos sólidos.

Los nicaragüenses tenemos derecho a una verdadera democracia con respeto para todos y donde opinar diferente no sea un delito, donde la libertad se respire en todo nuestro territorio. Esa aspiración será posible, más temprano que tarde, gracias a que la sangre derramada por los jóvenes de hoy germinó para siempre en las conciencias de los nicaragüenses. ¡Le debemos eso a nuestros jóvenes!

La autora es presidenta de la Cámara Nacional de Turismo de Nicaragua (Canatur)